Alienígenas terrenales

Los insectos y la vida a una escala fuera de nuestro alcance. Este es el primero de dos artículos en los que cubro cómo percibimos a los insectos y qué consecuencias puede tener su declive.

En nuestra vida cotidiana, compartimos casa con mascotas, escuchamos el canto de las aves, paseamos entre árboles y disfrutamos de las flores. Pero ese entorno en que nos movemos no es más que una de las numerosas capas de la vida. Existen otras muchas a escalas que escapan a nuestra percepción. Seres que se mueven en la hierba, bajo la corteza de los árboles, dentro de los frutos, o sobre la superficie de los muros al anochecer. Se posan sobre las flores, emergen de los estanques y emiten luz en las noches estivales. Vivimos rodeados de vecinos con los que no tenemos trato, y algunos se parecen tan poco a nosotros que podrían haber venido de otro planeta: los insectos. Y, sin embargo, surgieron aquí hace mucho más tiempo que nosotros.

Los insectos pertenecen a un gran grupo de animales de patas articuladas que también incluye arañas, crustáceos y milpiés: los artrópodos. Sus antepasados estuvieron entre los primeros organismos que se adaptaron a la vida en tierra firme. A medida que las plantas fueron colonizándola, hace cientos de millones de años, les siguieron los primeros insectos, cuyas dimensiones les permitieron ocupar hasta los nichos más restringidos. Para ellos, una grieta en la corteza de un árbol es un valle, una hoja es un campo, un fruto caído es una colina.

Un saltahojas.

Esos pequeños lugares dan la medida del número de los nichos biológicos en los que los insectos se han asentado y diversificado. Muchos, más de los que podemos imaginar. Un prado que parece vacío para nosotros puede contener un mundo de saltahojas, larvas de escarabajos, abejas solitarias, pulgones, moscas, avispas parásitas y orugas... Una rama muerta puede convertirse en una ciudad de túneles.

Se han descrito más de un millón de especies de insectos, y se estima que aún quedan varios millones más por identificar. Su extraordinaria diversificación se debe a una combinación de rasgos, muchos de ellos asociados a su tamaño.

El exoesqueleto iridescente de un escarabajo

Uno de ellos es que su cuerpo está recubierto por un esqueleto externo que también actúa como caparazón.

Tienen ciclos vitales breves y tasas de reproducción elevadas. Esto facilita su expansión cuando las condiciones les son favorables y acelera la selección de individuos que se adaptan mejor al entorno cuando las condiciones cambian.

Una ninfa acuática de libélula

Una capacidad prácticamente exclusiva de los insectos es la de ocupar distintos nichos mediante formas diversas a lo largo de su vida —larvas, ninfas, adultos terrestres o voladores—. Los insectos cuentan con una extraordinaria capacidad para transformarse de una forma a otra: la metamorfosis. Una oruga se convierte en mariposa; una larva, en escarabajo; una ninfa acuática, en una libélula que abandona el agua y se eleva al aire.

La variedad de formas y de entornos que ocupan es casi inabarcable. Esta división de la vida en formas tan diferentes es una de las grandes razones del éxito de los insectos. Para nosotros, sin embargo, esas transmutaciones nos resultan extrañas y desconcertantes.

Esta y otras características —su caparazón, sus mandíbulas, sus patas articuladas o su capacidad para formar colonias— han convertido a los insectos en fuente de inspiración de monstruos y seres extraterrestres en muchas obras de ficción.

Pero no debemos quedarnos en esas impresiones. Sus características reflejan una adaptación a la diversidad de los entornos en nuestro planeta: el suelo, la corteza de un árbol, la superficie de ciertas hojas, la variedad de flores, cadáveres o de plantas al borde de un estanque. En definitiva, nichos de vida comunes para ellos que permanecen ocultos para nosotros.

Un poco más de atención hacia estos seres puede revelarnos auténticas maravillas. Veamos el ejemplo de los escarabajos. El par delantero de sus alas se ha convertido en parte de su armazón exterior, a modo de dos cubiertas protectoras abatibles. Bajo ellas, se encuentran ingeniosamente plegadas las delicadas alas voladoras, que se despliegan cuando el escarabajo emprende el vuelo. Esta disposición ayuda a explicar por qué los escarabajos pueden vivir en la madera, el estiércol, las flores o las semillas, sin que sus alas se estropeen. Sus cuerpos blindados por el caparazón pueden ser aplanados, redondeados, alargados o de colores brillantes, dependiendo de sus estilos de vida. Un escarabajo puede ser un depredador, un carroñero, un polinizador, un comedor de semillas o un descomponedor. La palabra ‘escarabajo’ no designa una forma de vida, sino miles. !Aproximadamente una de cada cinco especies animales descritas es un escarabajo!

Las hormigas ofrecen otro ejemplo sorprendente del trabajo en equipo. Una hormiga es pequeña y vulnerable, pero una colonia se comporta como un ser colectivo: un superorganismo. Algunas hormigas buscan alimento, otras defienden, construyen, cuidan larvas, cultivan hongos, pastorean insectos que se alimentan de la savia de las plantas y excretan líquidos azucarados, y transportan materiales a distancias que, para ellas, son enormes. Esta misteriosa coordinación carente de discusiones provoca nuestra extrañeza en torno a los insectos porque no sabemos bien dónde situar su individualidad.

Observar de cerca a los insectos nos abre a un descubrimiento: el mundo que nos rodea está lleno de maravillosas sorpresas. Esas pequeñas criaturas, en su mayoría invisibles para nosotros y a menudo despreciadas como molestas, plagas o ajenas, son en realidad algunos de los principales habitantes del planeta. Polinizan, reciclan, cazan, son el alimento de otros seres, airean el suelo, podan plantas y transforman la materia muerta para dar lugar a más vida. Antes de preguntar qué significaría perderlos, primero tenemos que entender qué son: no monstruos ni máquinas en miniatura, sino ancestrales especialistas cuyas vidas están entrelazadas con las nuestras. Estas criaturas están ahora en declive y la siguiente pregunta es inevitable: ¿qué es exactamente lo que está desapareciendo con ellas?

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